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40 años de Chernóbil: "Quienes estuvimos allí nos morimos lentamente"

El peor accidente nuclear de la historia cumple cuatro décadas. Muchos analistas consderan aquella explosión como el principio del fin del Telón de Acero

Visitantes en la sala de control del reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil, en Chernóbil, Ucrania. / EFE/EPA/SERGEY DOLZHENKO
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El accidente de Chernóbil, del que este domingo se cumplen 40 años, se produjo al explotar el reactor número 4 de la central nuclear situada en la entonces Unión Soviética, actualmente Ucrania. La explosión liberó a la atmósfera hasta 200 toneladas de material radiactivo, con una potencia equivalente a entre 100 y 500 bombas atómicas como la de Hiroshima.

El resultado fue la contaminación de amplias zonas de Ucrania, Bielorrusia y Rusia, y una profunda conmoción en gran parte de Europa ante un tipo de desastre que despertaba una gran ansiedad y no conocía fronteras. Detrás de las labores de limpieza, el entornces gobierno de la URSS empleó a miles de soldados y expertos para tratar de contener la radiación. A todos ellos se les conoce como los 'liquidadores' y la gran mayoría han muerto como consecuencia de la exposición a esa radiación.

Estos días se han multiplicado los homenajes a estos héroes, sin cuyo trabajo, hubiese sido dificil conocer la magnitud real de la tragedia.  "Hoy al enemigo le vemos. Podemos dispararle, lanzarle bombas. Entonces sólo podíamos recibir sus golpes en silencio. No era posible luchar con él", reconoce todo este tiempo después Oleksandr Ryabeka en su comparación de la guerra ruso-ucraniana con la que tuvieron que librar hace 40 años contra la radiactividad liberada a la atmósfera tras el peor accidente nuclear de la historia.

Ryabeka, que ahora tiene 66 años, estuvo desplegado con su unidad del KGB, el servicio secreto de la era soviética, entre el 2 de mayo de 1986 y el 16 de abril de 1987. Su tarea fue en un primer momento evacuar a civiles, para pasar a ocuparse después de mantener el orden y coordinar los trabajos para soterrar en la medida de lo posible la radiactividad y limitar así sus efectos sobre la población. “Lo más difícil fue explicar a la gente, mostrarles que había un riesgo extremo”, cuenta sobre una misión para mitigar el accidente, ocurrido el 26 de abril de 1986, que le dejó con problemas de salud de por vida. 

Una muerte lenta en vida

Serguí Nejayevski tenía 32 años y era tanquista en el Ejército ruso cuando se produjo la explosión en el reactor 4 de Chernóbil. Fue enviado como subcomandante de batallón al territorio adyacente a la central en enero de 1987 para continuar las labores de limpieza y cubrir con cemento los alrededores del lugar de la explosión. “Al no sentir los efectos de la radiación la gente se levantaba las máscaras de protección para fumar. Se sentaban en cualquier sitio. Una de nuestras principales tareas era evitar que lo hicieran”, recuerda el exmilitar, que tuvo que lidiar con personal que entró en una de las casas abandonadas de Prípiat, la ciudad en la que vivían los trabajadores de la central de Chernóbil, para matar el tiempo.

“La mejor muerte es la muerte rápida. Quienes estuvimos en Chernóbil nos morimos lentamente. La radiactividad afecta a los huesos, a los órganos, acaba provocando cáncer”, dice Nejayevski, que como casi todos los supervivientes de las labores de extinción de la catástrofe ha sido declarado inválido por los médicos.

Para muchos analistas, aquella explosión, de la que la URSS tardó 48 horas en hacer pública internacionalmente, supuso el principio del fin de los gobiernos comunistas de la Europa del Este.

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