
Los incendios de sexta generación, como los registrados estos días en Ávila y Madrid, representan el nivel más extremo de los grandes incendios forestales. Su magnitud le convierte en un fenómeno prácticamente imprevisible, que crea su propia meteorología mediante pirocúmulos y, en algunos casos, incluso derivan en tormentas eléctricas que originan nuevos focos. El propio fuego retroalimenta así su propagación y por eso desbordan la capacidad de para extinguirlos. Además, la gran superficie quemada que dejan a su paso complica la regeneración del terreno.
La extensión calcinada este año en España supera las 186.000 hectáreas, seis veces más que en el mismo periodo de 2025.
