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Aragón

Sirenas antiaéreas, hastío y dolor: el regreso de los voluntarios que salieron de Aragón hacia Ucrania

El grupo llegó hace poco más de una semana a territorio ucraniano, donde repartieron 25 toneladas de comida en orfanatos y geriátricos

Un grupo de ocho voluntarios reparten 25 toneladas de comida en Ucrania. / Javier Martín
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Sirenas antiaéreas, amenazas de bombardeos y mucha angustia. Son solo algunas de las vivencias que han experimentado en primera persona los ochos voluntarios -seis procedentes de Torla, uno de Zaragoza y otro de Barcelona- que hace poco más de una semana partieron desde el aeropuerto de Zaragoza hacia Ucrania con el objetivo de repartir más de 25 toneladas de alimentos entre orfanatos y geriátricos. Esta era la segunda vez que se trasladaban hasta el territorio en guerra, que visitaron por primera vez hace siete meses, al que llegaron cargados de material médico y ropa de abrigo y se volvieron con 19 personas (se abre en una nueva ventana)que huían del país en busca de un futuro lejos del conflicto. 

El pasado sábado regresaron a España con una sensación agridulce por el sufrimiento que dejan atrás y con la alegría de saber que han ayudado a mejorar la realidad de muchas personas, como es el caso de Nadia y Nika, una abuela y una nieta ucranianas que han abandonado su país gracias a la ayuda de estos voluntarios para reencontrarse con la familia de acogida de la nieta en Zuera. 

"Conseguimos salir de Ucrania con ellas por un minuto. Era nuestro último día antes de irnos y teníamos que recogerlas en la frontera con Rumanía. Ese día bombardearon Kiev, que era donde estaban ellas, y provocó un retraso de 12 horas en el servicio ferroviario. Teníamos que encontrarlas antes de las 23:00, cuando empieza el toque de queda, y eran las 22:00 y no habían llegado. Finalmente, gracias a una persona que podía moverse durante el toque de queda conseguimos recogerlas y cruzamos la frontera muy poco antes de la medianoche. Fuimos la última furgoneta antes de que cerraran la aduana", explica uno de los voluntarios de la expedición y cabo primero de la Guardia Civil, Javier Martín. "En ningún momento pensamos en dejarlas atrás. Nadia significa 'Esperanza' en ucraniano y Nika 'Victoria', así que sabíamos que entre la esperanza y la victoria todo iba a ir bien", asegura. 

Uno de los lotes de comida que han repartido en geriátricos y orfanatos.

El grupo de ocho personas que se trasladó hasta Ucrania está compuesto por varios guardias civiles, una traductora, un párroco, miembros de Protección Civil de la comarca del Sobrarbe y un médico, que se han encargado de repartir 25.200 kilos de alimentos -principalmente arroz, pasta y legumbres- y medicinas en poblaciones afectadas por el conflicto ruso como Leópolis, Ivano- Frankivsk o Chernivtsí.

El campamento base se encontraba en la frontera rumana con Ucrania, en Dumbraveni, donde se dividió el grupo en dos: cuatro voluntarios se quedaban en territorio rumano preparando los lotes de comida y los otros cuatro se introducían en territorio ucraniano llevando los alimentos a las localidades más afectadas, ayudados por la fundación ucraniana Une Corazones. "Estábamos en la carretera transportando los lotes a repartir y tuvimos tres alertas de bombardeo, por lo que no nos dejaban continuar más allá. En la furgoneta venía una ucraniana, Irina, con nosotros, que lloraba porque su hijo estaba en el colegio y no se sabía dónde iba a caer el misil que estaba sobrevolando el cielo", explica Javier Martín. 

Una vez en los territorios afectados se encontraban con un panorama desolador: geriátricos y orfanatos sin luz, sin calefacción en pleno invierno y sin apenas alimento. Seis días en los que las 25 toneladas de alimentos se repartieron completamente. "La gente nos recibía con los brazos abiertos. El pueblo ucraniano es un ejemplo de superación y lo demuestra cada día. Están luchando contra viento y marea sin tener nada. En cuanto veían que íbamos a ayudar nos invitaban a comer a sus casas. Ha sido muy emotivo", afirma este agente de la Guardia Civil. 

Una expedición de una semana que ha sacado a relucir los horrores de una guerra que no parece tener fecha de fin. "Las diferencias que hemos encontrado con la primera vez que vinimos son muy grandes e impactantes. Hemos estado en ciudades que no habían sido bombardeadas por aquel entonces y hemos visto el estrés y la tensión con la que viven a diario estas personas".

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