La brecha salarial se perpetúa: las mujeres asumen los cuidados, contratos temporales y más autoexigencia
El acceso a sectores masculinizados dificulta el acceso de las mujeres a determinados puestos de trabajo. La desigualdad en los salarios no solo no se reduce, sino que es estructural. Este miércoles se celebra el Día Internacional de la Igualdad Salarial

Es una barrera invisible pero real. Las mujeres ganan de media unos 5.200 euros menos que los hombres al año. Este miércoles, 18 de septiembre, se conmemora el Día Internacional de la Igualdad Salarial. El término 'techo de cristal' se escuchó por primera vez en 1978 y lo acuñó Marilyn Loden, consultora laboral estadounidense. Desde entonces han cambiado muchas cosas en la sociedad, pero los techos de cristal siguen existiendo y la brecha salarial entre hombres y mujeres no solo no desciende sino que se perpetúa. Entre los motivos que están detrás: los estereotipos de género en roles relacionados con el cuidado de familiares, la maternidad, la existencia de sectores masculinizados que dificultan el acceso, trabajo infravalorado y una autoexigencia determinada por la presión social que genera en las mujeres el denominado síndrome del impostor.
Según el Ministerio de Trabajo, la brecha salarial es el resultado de causas laborales, sociales, pero también culturales. Hay estereotipos de género que perpetúan la división tradicional del trabajo. Frente a los sectores masculinizados está el trabajo feminizado, como las tareas del cuidado, que generalmente tienden a estar invisibilizadas e infravaloradas.
Las mujeres tienden a acumular e incrementar su formación, pero la evolución hacia una mayor igualdad depende de las propias empresas y de la sociedad. No solo se enfrentan a estas dificultades, sino a una autoexigencia que, en muchos casos, va acompañada del denominado 'síndrome del impostor'.
Como señala la psicóloga Patricia Benavente: "El patriarcado, como sistema social que privilegia a los hombres y perpetúa los roles de género tradicionales, ha tenido un impacto significativo en la brecha laboral y en la experiencia del síndrome del impostor entre las mujeres". El impacto que ha generado, ha incidido Benavente, es que "no solo perpetúa la brecha laboral sino que promueve esta percepción en las mujeres al crear un entorno en el que se sienten menospreciadas y subestimadas".
La maternidad tiene también un impacto negativo en la carrera profesional de las mujeres. Después de ser madres, optan por trabajos temporales y, en la mayoría de los casos, asumen la reducción de su jornada. En este sentido, tanto el Ministerio de Trabajo como las organizaciones sindicales apuntan a que existe "falta de corresponsabilidad" que también contribuye a perpetuar la desigualdad en el ámbito laboral.
Los sectores masculinizados tienden a ofrecer salarios más altos
Sonia García, secretaria general de Acción Sindical de CC.OO., ha incidido en que "la masculinización y feminización de los sectores juega un papel crucial en la perpetuación de la brecha salarial de género y es un techo que también hay que romper". Hay sectores tradicionalmente masculinizados, como la construcción y la industria, que "tienden a ofrecer mejores salarios y oportunidades", ha apuntado García, mientras que los sectores feminizados "suelen estar asociados con salarios más bajos y menos oportunidades".
Para entender la perpetuidad de la brecha salarial hay que analizar lo que se ve y lo que resulta invisible. Es el caso, ha explicado Sonia García, de los complementos de las diferentes empresas: "De manera silenciosa, se establecen y llegan más a los hombres que a las mujeres porque tienen más disponibilidad y más posibilidades de realizar labores complementarias en el día a día de su trabajo".
Otro de los factores para García está en la temporalidad, una de las causas más importantes en la brecha salarial: "Las mujeres trabajan mucho más a tiempo parcial, lo que incide en que el salario medio se rebaja sustancialmente al año".
Gina Yordanova tiene 26 años. Ha trabajado como dependienta en una tienda y como camarera en distintos establecimientos. Siempre ha tenido contratos temporales. Recuerda que uno de esos trabajos "se alargó y duró más de dos años", pero sin contrato. Entonces tenía 22 años. Durante ese tiempo, en el que tenía una jornada parcial, tenía que trabajar cuatro horas semanales, pero trabajaba 24 y con un desconocimiento absoluto de sus derechos como trabajadora.
Por la poca experiencia que tenía en ese momento y por su juventud, no entendió que se estuvieran aprovechando de ella, pero se muestra convencida de que "ni lo hubieran intentado, si hubiera sido un hombre". Llegó a escuchar a la propietaria decir que contrataría solo a mujeres porque les pagaban menos. "Y eso es lo que hizo", señala Gina.
Para ella, "el contacto con otros compañeros" le abrió los ojos, sobre todo cuando supo que sus compañeros hombres cobraban más. Gina cuenta que los últimos dos contratos en otro bar también han sido temporales, pero con mejores condiciones laborales.
Gina estudia Psicología y tiene el título de profesora de inglés y asegura que ha sentido el síndrome del impostor al renunciar a presentarse a plazas porque "duda de su capacidad". Espera poder acceder a un trabajo "que no sea tan precario" como los que ha tenido hasta ahora.
