
El Algarrobico, en la playa de Carboneras, en Almería, es el más conocido. También las Cúpulas de la Energía en Garray, Soria. Son dos ejemplos de infraestructuras que un día alguién empezó a construir pero no llegó a terminar, por diferentes razones, pasando a formar parte paisajes llenos de esqueletos de hormigón. En Aragón, quizá el mayor ejemplo de ruinas generadas en el mundo contemporáneo esté en La Muela, Zaragoza. La crisis de 2008 fue el inicio de esta obra a medias y, pasado el tiempo, muchos de los escenarios siguen llenos de edificios sin acabar. Pero, ¿por qué no se derriban o se les da una salida útil?
La respuesta es imposible de dar desde una visión general. "La casuística es infinita", señalan desde el Colegio de Abogados de Zaragoza y el Colectivo n´UNDO, que apuesta por una construcción sostenible. "Cada caso es particular", dice Ignacio de Diego, vicepresidente de la sección de Inmobiliario y Construcción del gremio en la capital del Ebro, quien no se muestra partidario de un cambio normativo para evitar que se produzcan este tipo de situaciones. "Jurídicamente los casos están resueltos. Si una obra se queda a medias tiene sus motivos y en cada situación se toma la decisión que establezca la legislación pertinente", añade este experto.
Sabiendo que cada caso es único, sí que existen salidas universales para todos ellos. Las administraciones deben "exigir" a los propietarios de las parcelas semiconstruidas que ofrezcan "seguridad y no se conviertan en escenarios llenos de suciedad y problemas", reconoce Verónica Sánchez, una de las creadores de la firma n´UNDO. El derribo es una medida extrema que rara vez se ejecuta. Y es que puede ocurrir, advierte De Diego, que la propietaria del esqueleto de hormigón tenga licencia en vigor y pasado el tiempo decida acometer las obras de acabado. " Al final es una propiedad privada y, si no incumple ninguna ley, no se puede obligar a que sea demolida", sentencia.
Soluciones intermedias
Antes de dejar que un paisaje se convierta eternamente en un cementerio de hormigón existen opciones que desde la administración podrían fomentar. Desde el Colectivo n´UNDO apuestan, en terrenos públicos en los que se han llevado a cabo actuaciones declaradas ilegales, por "renaturalizar las zonas degradadas". Hacer una "intervención paisajística" e, incluso, "desmantelarlas". "Tienen un coste, pero también ofrecen un retorno económico en forma de materiales y reciclado", reflexiona Sánchez, quien recuerda que los terrenos son "más sencillos de vender cuando están libres de estructuras".
Que la normativa sea tan cambiante por ser de competencia municipal no ayuda a la casuística de cada caso. La paralización de una obra por una irregularidad es "un asunto tan delicado que es difícil que los ayuntamientos, sobre todo los pequeños, quieran entrar a tratar", hasta el punto de obligar a un derribo. "Son casos incómodos y poco agradecidos", se lamenta la confundadora del colectivo, ya que pueden salpicar a otros vecinos y acabar por "no reportar beneficio a nadie".
Sobre el futuro, y tras la arquitectura a medias heredada del 2008, Sánchez no es optimista. Existe una "consciencia de que las cosas se han hecho mal", admite. Sin embargo, añade, hay "pocas ganas de cambiar las cosas y aprender la lección es difícil". Recuerda que "los ciclos siempre vuelven" y agura que, en este sentido, la construcción no va a ser un sector distinto.
