Cuando un peluche o un dudú es lo único que tranquiliza, calma y da seguridad al bebé
Son conocidos como muñecos de apego y en psicología se les denomina objetos transicionales. Vienen a mitigar, a partir de los ocho meses de edad, la ansiedad que provoca la separación del padre o de la madre, por ejemplo, cuando se va a dormir

Calmar, tranquilizar, o dar seguridad. Son las principales propiedades de los llamados muñecos de apego, ya sean peluches, dudús o mantitas, que los más pequeños llevan consigo para mitigar la ansiedad que les provoca cuando se separan de sus padres o madres, como cuando se van a dormir. En psicología se les denomina objetos transicionales.
"Normalmente son elementos materiales que adquieren un significado de acompañamiento, y adquieren un valor emocional muy alto para el pequeño", apunta la psicóloga infantil Alejandra Reguero.
Como explica la experta, los muñecos de apego suelen cobrar su sentido en torno a los ocho meses de vida, cuando el bebé "es consciente de que su madre o su padre es otra persona, tiene conciencia de la separación de sus figuras de referencia, lo que le empieza a generar cierta ansiedad".
Entonces, el menor proyecta la seguridad que le dan sus padres en un objeto que normalmente le acompaña siempre. "Establece un vínculo afectivo con ese objeto y le sirve de apoyo emocional cuando surge esa ansiedad tras la separación, que suele ser en la noche. Le ayuda a calmarse, a regularse, porque le aporta esa seguridad. Y más tarde, cuando son más mayores y surgen crisis, como un enfado o una rabieta, le ayuda a regularse y calmarse", detalla Reguero.
La psicóloga explica que los muñecos de apego cumplen una función "muy buena", pero que, al mismo tiempo, "no es bueno" que el pequeño esté a todas horas con el mismo objeto, sino que recomienda "intentar buscar un equilibrio", y añade: "Empieza a ser un problema cuando les provoca dependencia. Podemos dárselo cuando duermen o cuando tienen una crisis, pero no es bueno que esté todo el rato allí, porque todo el rato no necesita consuelo ni calmarse", matiza.
Además, la experta comenta que otra señal de alerta de que el objeto puede ser un problema para el pequeño es cuando limita su vida normal, como no poder dormir sin él, o cuando "no establece relación con otros niños porque está con su muñeco jugando y no necesita a otra persona".
En busca del muñeco perdido
Con frecuencia en las redes sociales aparece la llamada de socorro de padres pidiendo ayuda tras la desaparición o pérdida del peluche favorito de su hijo en la vía pública.
Es el caso reciente de una madre de Valladolid, que comunicó a través de la red social X la pérdida del peluche de su hija en el entorno de un céntrico parque de la ciudad.
Además de desandar el recorrido hecho, algunos acuden a oficinas de objetos perdidos en busca del muñeco extraviado, como le ocurrió al zaragozano Andrés Remacha, cuando su hija, de tres años, perdió en el entorno de Camino de las Torres su inseparable Mickey Mouse. "Mi hija no se separaba de este peluche, y cuando lo perdimos lo buscamos intensamente por la zona donde creíamos haberlo perdido. Acudimos incluso a la Oficina de Objetos Perdidos del Ayuntamiento de Zaragoza, que está en la sede de la Policía Local de Parque Venecia, pero no hubo suerte. Al final tuve que decirle que se había ido de viaje y le compré uno igual", subraya.
En este sentido, Alejandra Reguero considera que no es "ni bueno ni malo" tratar de conseguir el objeto perdido. "Nos pasa mucho a los padres, que somos incapaces de permitir que nuestros hijos sufran si nosotros podemos evitarlo, y hacemos lo que sea para conseguirlo porque vemos que le aporta tranquilidad y seguridad", recalca.
Para solventar estas situaciones, la psicóloga recomienda aceptar que a veces hay cosas que se pierden y no se pueden recuperar, así como aprender a frustrarse. "Dependiendo de la edad del niño, hay que aprender a acompañarle en esa frustración, y en la aceptación de las cosas que no son agradables para nosotros. Para esto sería bueno ir trabajando la frustración antes, no facilitando tanto las cosas a nuestros hijos, dejar que ellos intenten las cosas y que fallen y se caigan, y acompañarlos. Cuando hay una pérdida, que esto es una pérdida, es doloroso, se pasa mal, pero podemos ofrecerle otra cosa, y ser previsores y que no dependa solo de un objeto, sino intentar que haya dos o tres iguales e írselos cambiando para que no dependa solo del mismo objeto", explica.
Cuando el menor cumple los cuatro o cinco años y gana madurez psicológica y autonomía emocional, comienza a elaborar recursos emocionales y el muñeco de apego va perdiendo significado. "Entonces deja de ser necesario, porque el niño ya es capaz de autorregularse solo, es capaz de comprender y explicar lo que le pasa, de pedir lo que necesita. Hay veces que se alarga hasta los 11 ó 12 años, pero es por esa proyección, y no lo necesita para sentirse bien, pero le relaja y le calma", concluye Reguero.
